
Verde resplandeciente era el fondo del agua, la leyenda contaba que un duende perdió su bolsa de polvos mágicos al rozarla con sus pequeños saltitos por las piedras del lago. Sorprendía por todas partes las crines de la espesa hierba, la grandilocuencia del follaje de los abetos que cubría cualquier acceso al lago, el ímpetu de lo escarpado de las montañas y el resplandor de la nieve en su pico. Las mariposas y las aguilas surcaban el mismo aire puro y frío. Contenía aquel paisaje el aliento suspendido de un dios.
Mantenía su mirada fija, contemplando desde lo alto la libertad de su tierra, el verdor de la hierba y el color dorado de los suyos. El cuero de su piel, aún muy joven despertaba al sabor de la tradición, al calor de un pecho justo y al coraje que le convertiría en un temido guerrero.
Nithan, regalo de Dios, nombre de un valiente, era su escudo y parte de su oración. Sus manos eran duras en su arco y flecha pero en el corazón era noble y sencillo. Amante de la luz de las estrellas, del sonido del agua rompiendose en cascada y del viento enfurecido.
Su madre, la Tierra, siempre guiaba sus pasos, estaba aprendiendo de ella su belleza y equilibrio.
Caminaba siempre descalzo para atarse a la naturaleza, su cuerpo estaba firme y entrenado para moverse en ella. Ahora su pelo negro y lacio ondeaba en sus hombros mientras contemplaba la puesta del sol mientras su semblante concentrado en el horizonte daba gracias a sus antepasados por haber pasado en ese día su rito de iniciación a la vida adulta.
(continuará...)

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