viernes, 2 de octubre de 1992

Paisaje impresionista

Aquella tarde sentada, en el escritorio, frente a la ventana, escribía pacientemente. Tan sólo oía los golpecitos de mi bolígrafo al escribir y mi tranquila respiración. Callé, hasta que el suave cantar de un pajarillo rompió al silencio y alzé la vista. Mirando lo que no veía mientras escribía.
El pajarillo emprendió el vuelo hacía el horizonte y fue alejando, hasta que mi vista lo vió como un diminuto punto negro.
Atardecía y los colores azulados del cielo mañanero se transformaban en colores anaranjados, rojizos, morados. En el cielo flotaban las nubes de todos los tamaños y con mi imaginación jugaba a darles distintas formas.
Abajo en la tierra, lejos de las nubes, se hallaban los pinos robustos, destacando su verdor ante la gris carretera. El sol se reflejaba sobre las casas naranjas, como queriendo indicar su adiós antes de esconderse en el horizonte. Y por fin se despidió... anochecía. Los colores anaranjados de la tarde oscurecían. Era como si lloraran la ida del sol.Los pájaros revoloteaban dando las buenas noches con sus trinos, para después dirigirse a sus nidos.
A medida que la oscuridad inundaba la ciudad la luna se hacía más clara y hermosa. Las estrellas como guiños del cielo empezaron a parpadear y a su vez las lucecitas de las casas empezaron a encenderse, queriendo ser también ellas estrellas en la noche.
Pasaron las horas y las luces de la tierra comenzaron a apagarse... se hizo el silencio. La ciudad dormía.